Por: Dineyis Arias Mendoza
(Taller de comunicación V.)

Los ojos de Davis David parecieron titilar mientras su cuerpo sucumbía a un ataque de epilepsia. Sus iris se escondieron esforzadamente entre los párpados, aun cuando daba la impresión de que querían estar dirigidas al rostro de su madre. Por unos segundos, el niño que saludaba hacía breves instantes a una gente extraña, perdió la conciencia sin ningún movimiento o actitud de preámbulo.

De repente, como si un impulso superior se apoderara de su ser, empezó a contraer sus extremidades, apretó los puños con una fuerza desmedida que le arrebataba el color rosado y fresco de su piel, retorció su tronco, su boca, su cabeza, se agitó hasta el cansancio, sin comprender por qué.

Entre tanto, Blanca Inés vargas, la madre, con una desesperación permeada por la práctica de saber cómo proceder en estas eventualidades, le abría los compactados puños y mandaba a otro de sus hijos por el aceite de sanación que había traído de una visita que le hizo al padre Holman en Barranquilla.

Era el tercero de los temblores que soportaba su personita en una mañana sabatina del mes de septiembre del 2006. Sin embargo, la epilepsia es una afección neurológica que lo acompaña, como una sombra que nubla diariamente su par de ventanas verdes y la risa infantil de su cara, desde hace un lustro, fecha en que nació.

De ahí para acá Blanca Inés Vargas y su pareja, Nelsifrido Angulo, han sobrellevado el drama de la salud de su hijo, una tara similar al de muchas otras familias colombianas que sufren entre sus miembros enfermedades casi eternas e indestructibles, las cuales, sin embargo, desgastan las fuerzas de quienes las padecen y de los que los rodean.

Lo que hace distinto el drama de la familia Angulo es la realidad en la que lo respiran. Viven los seis integrantes del núcleo familiar en un cuarto construido en bloques de cementos, de cuatro por tres metros, donde acomodan, gracias al ingenio que curte la necesidad, una cama doble, un camarote, un televisor pequeño, un escaparatico improvisado. Tienen por cocina, sala, comedor y otro cuarto un cambucho contiguo a la pieza hecha en material. Allí sobreviven, a los aguaceros que se cuelan entre los techos de latas y eternít, una estufa, una nevera que no sirve para refrigerar sino solo como compartimiento de enseres y ‘chécheres’, además de una cama desarmada, apoyada en las tablas, troncos y ramas articuladas como paredes.

Viven en una esquelética casa llenada por los utensilios y “muebles” que algunas personas les han regalado desde hace tres años cuando llegaron a Santa Marta, con escasas provisiones, pero con la invaluable certeza de que habían sobrevivido a la violencia del Carmen de Bolívar, lugar del que se vieron forzados a desplazarse cuando el pábulo amedrentador de un grupo armado al margen de la ley que operaba en esa zona del país asesinó a un hermano de Nelsifrido.

Antes del 2003 ya los Angulo lidiaban con la epilepsia de Davis, pero en ese momento afrontarían el drama agregado de empezar de cero, de ser desplazados. Ello ha significado que pese a obtener algunas prerrogativas en salud y educación por declararse como desplazados ante el RUC (Registro único de desplazados) no cuenten todavía con una protección en salud que le brinde a Davis un control clínico adecuado del síndrome epiléptico.

Es así como poseen un carné que la Red de Solidaridad Social (en la actualidad Acción Social) les dio en el 2003 con el cual han podido acceder a la atención de cualquier puesto u organismo de salud debido a su condición de desplazados. Sumado a esto, reciben mensualmente tres mercados y los niños tienen educación primaria gratuita en un colegio que queda cerca del Minuto de Dios, barrio en el que viven desde su desplazamiento.

Sin embargo, tales auxilios resultan no ser suficientes para asistir las crisis permanentes que padece Davis David. Inicialmente Blanca lo llevaba al Hospital Julio Méndez Barreneche, que desapareció en el 2005, el pediatra encargado le medicaba Depaquene, un jarabe que Davis debía tomar 3 veces al día, que no cubre el carné de desplazados, cuyo precio promediaba los 17.500 pesos. Después de la desaparición del servicio público que prestaba el hospital, Blanca llevaba a Davis al puesto de salud de Chimila, que era el más cercano, allí le mandaban, gratuitamente, Epamín “pero me lo ponía babero y borracho” cuenta la mamá. En los últimos meses Blanca ha tenido que arreglárselas con un médico particular que le medica Decretol, 10 pastillas que cuestan 15.000 pesos en el mercado. Además debe cancelarle 10.000 pesos al médico particular que ve al pequeño.

En contraste con los requerimientos de una enfermedad como la epilepsia está la situación diaria de no tener con que costearla. Aunque Nelsifrido consiguió un trabajo de ‘todero’ en una finca en Guachaca, no le pagan siempre a tiempo y, de cualquier forma, a veces deben dejar de comer para comprar las pastillas de Davis.

Este tratamiento de cápsulas anticonvulsionantes debe ser continuamente vigilado con controles regulares de sangre y estar acompañado del cumplimiento de la medicación, pero pese a los magnos esfuerzos de los Angulo las crisis siguen, el mundo se mueve más acelerada y estrepitosamente para Davis todos los días, varias veces al día.

Por encima de sus circunstancias, en la familia Angulo no se desvanecen los deseos de salir adelante. Aunque sus vidas son solo una muestra de casos repetidos y multiplicados en Santa Marta y Colombia, el problema no se reduce a que son desplazados, ni siquiera a que padezcan la epilepsia de Davis.

El problema es la falta de apoyo social del Estado, la ausencia de mecanismos que reinserten a la ciudad los desplazados que se asientan en Barrios como el Minuto de Dios donde los hogares se incrustan en los cerros, en tierra de culebras y algunos metros más cerca del cielo, pero donde no es suficiente estar más cerca del firmamento para que muchas familias desplazadas se les haga el milagro de conseguir trabajo, salud, educación y una vivienda digna.